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Un film de 5 minutos que ganó el Festival de Cannes.
'La historia de un letrero'
Ante todo, deseo agradecerle que haya dedicado una parte de su tiempo para visitar mi página.
Espero que haya encontrado algunos artículos de su interés y que, si necesita de mis servicios profesionales, no deje de contactarme para ser asesorado convenientemente.
Para demostrarle mi reconocimiento, publicaré en esta página
Un cuento corto o un poema por mes
Se trata de pequeñas historias y poesías de algunos autores conocidos, otros no tanto y algunos, inclusive, inéditos.
Los he seleccionado especialmente para usted.
¡Que los disfrute!
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Opiniones de destacados escritores sobre el arte de escribir
La séptima entrega la encontrará haciendo clic AQUÍ:
Opiniones de destacados escritores sobre el arte de escribir
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Opiniones de destacados escritores sobre el arte de escribir La quinta entrega la encontrará haciendo clic AQUÍ: |
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Consejos para escritores principiantes
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Lea los primeros 10 consejos haciendo clic AQUÍ:
Reportajes interesantes, Diario el País, Madrid, España
ANTONIO MARÍA ÁVILA
Director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España
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Reportajes interesantes, Diario el País, Madrid, España
ANTONIO MARÍA ÁVILA
Director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España
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Reportajes interesantes, Diario el País, Madrid, España
JOSÉ LUIS GARCÍA DELGADO
Director de la investigación Valor económico del español (Fundación Telefónica)
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Reportajes interesantes, Diario el País, Madrid, España
EDUARDO LAGO
Director del Cervantes de Nueva York
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Reportajes interesantes, Diario el País, Madrid, España, que dividiré en 5 entregas
CARMEN CAFFAREL
Directora del Instituto Cervantes
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LAS LETRAS
Un obsequio especial en video.
Ernesto Sábato
Frases célebres, segunda parte
4. |
"Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse". |
5. |
"Lo esperado no sucede, es lo inesperado lo que acontece". |
6. |
"La riqueza es la cosa que más honran los hombres y la fuente del más grande poder". |
Mi perro León
Héctor Gagliardi
Cuando yo pasé de grado
me regalaron un perro,
que tenía un ojo negro
como de haberse peleado,
y a pesar de estar tapado
le daba cada temblor,
que yo pensé con temor,
que se había congelado.
Al otro día que vino
ya anduvo mal con mi hermana,
pues, debajo de la cama,
un libro le había escondido,
y a pesar de haber mordido
nada más que cuatro hojas,
se puso a gritar furiosa:
"que ya bastaba conmigo".
Lo bautizamos "León"
de acuerdo con los muchachos.
Era lindo vivaracho
orgulloso y rezongón.
Le llamaba la atención
cualquier ruido que escuchaba,
y una orejita paraba
para "pescar" la audición.
Había que oírlo ladrar
cuando entraba el carbonero,
y el único fue el lechero
que lo supo conquistar,
porque hacia derramar
la leche de la medida,
que él, apurado lamía
para después pedir más.
Yo le daba de comer
por debajo de la mesa,
así hubiera milanesas,
tallarines... o puré.
¡Cuantas veces lo llame,
cuando me iba a dormir,
y él no tardaba en venir
a calentarme los pies!
¡Con qué clase conseguía
que lo sacara a pasear!,
se ponía a disparar,
y a la sillas se subía,
pero León no tenía
que ser un perro vulgar,
y por comprarle un collar,
fue a la quiebra ml alcancía.
Pero fue una mañana
que volvía de la escuela,
me extrañó que no saliera
para lamerme la cara,
y eso que lo llamaba:
¡León... León... León!
Mas me dijo el corazón
que era inútil que llamara.
Y allá lo encontré tirado
debajo de la pileta,
tenía la boca abierta
y los ojos enturbiados...
un auto lo había matado
por escaparse a la calle,
mi mamá me dio detalles,
que yo agradecí atontado.
Y en un carro de basura
se llevaron a mi perro,
que se fue tranqueando lerdo,
prolongando mi amargura,
Y pensaba en la negrura
que sobre el ojo tenía...
¡pobre León que se iba
con la última diablura!
¡Por qué te fuiste a cruzar,
sabiendo que no quería!...
a solas lo repetía,
ni que me fuese a escuchar;
adentro me fui a llorar,
porque me ahogaba de veras,
y en la "cucha” que le hiciera
estaba solo el collar…
Héctor Gagliardi
Ernesto Sábato
Frases célebres, primera parte
1.
|
"Lo admirable es que el hombre siga luchando y creando belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil". "Ser original es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás". "La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse". |
Richard Wilhelm, Chinesische Volksmaerchen,
1924
La Secta de Loto Blanco
Antología de La literatura fantástica, compilada
por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo
Había una vez un hombre que pertenecía a la secta
del Loto Blanco. Muchos, deseosos de dominar las
artes tenebrosas, lo tomaban por maestro.
Un día el mago quiso salir. Entonces colocó
en el vestíbulo un tazón cubierto con otro tazón
y ordenó a los discípulos que lo cuidaran.
Les dijo que no descubrieran los tazones ni
vieran lo que había adentro.
Apenas se alejó, levantaron la tapa y vieron
que en el tazón había agua pura y en el agua
un barquito de paja, con mástiles y velamen.
Sorprendidos, lo empujaron con el dedo.
El barco se volcó.
De prisa lo enderezaron y volvieron a tapar el tazón.
El mago apareció inmediatamente y les dijo:
- ¿Por qué me habéis desobedecido?
Los discípulos se pusieron de pie y negaron.
El mago declaró:
- Mi nave ha zozobrado en los confines del
Mar Amarillo. ¿Cómo os atrevéis a engañarme?
Una tarde, encendió en un rincón del patio
una pequeña vela.
Les ordenó que la cuidaran del viento.
Había pasado la segunda vigilia, y el mago
se había vuelto. Cansados y soñolientos,
los discípulos se acostaron y se durmieron.
Al otro día la vela estaba apagada.
La encendieron de nuevo.
El mago apareció inmediatamente y les dijo:
- ¿Por qué me habéis desobedecido?
Los discípulos negaron:
- De veras, no hemos dormido.
¿Cómo iba a apagarse la luz?
El mago les dijo:
- Quince leguas erré en la oscuridad de los
desiertos tibetanos y ahora queréis engañarme.
Esto atemorizó a los discípulos.
Richard Wilhelm
Recopilación de frases célebre, parte 2
Aristóteles
"Las ciencias tienen las raíces amargas, pero muy dulces los frutos".
José Martí
"De la independencia de los individuos, depende la grandeza de los pueblos".
William Shakespeare
"Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes".
Herman Hesse
Cuentos de Amor
Al poco rato, sin dar tiempo a que oscureciera mucho más, la niña salió de nuevo al portón del jardín. Se quedó un momento quieta, miró recelosamente hacia la carretera, atisbó el muro, la parra y a la pareja enamorada. Entonces, empezó a correr a un paso rápido por la calle con sus ágiles pies descalzos; alcanzó a la pareja, dio la vuelta corriendo, fue de nuevo hasta el portón, se detuvo un minuto, y así repitió sus solitarias y silenciosas idas y venidas una y otra vez.
Sin decir nada, los enamorados observaban cómo corría, cómo volvía atrás, cómo la pequeña falda se agitaba alrededor de sus largas piernas infantiles. Sentían que aquel vaivén les estaba dedicado; que de ellos emanaba un embrujo, y que la pequeña, en su sueño infantil, vislumbraba el amor y la silenciosa embriaguez de aquel sentimiento.
A continuación las correrías de la niña se transformaron en una danza. Se acercó dando pasos rítmicos, meciéndose, caminando caprichosamente. Al anochecer, aquella pequeña figura solitaria danzaba en medio de la blanca carretera. Su danza era un homenaje; su pequeña danza infantil era una canción, una plegaria al futuro y al amor. Consumó su sacrificio, seria y entregada, fue de un lado a otro balanceándose, hasta que finalmente se perdió de nuevo en el sombrío jardín.
- La hemos fascinado -dijo la enamorada-. Ha sentido la presencia del amor.
El amigo calló. Pensó: quizás esta niña, en el hechizo de su danza, ha disfrutado más del amor ahora, en lo que tiene de hermoso y pleno, de lo que jamás pueda llegar a experimentar...
...Aquella noche, en la que no durmió, sus reflexiones le llevaron a la siguiente conclusión:
Es inútil repetir lo que ya se ha vivido. Todavía podría querer a muchas mujeres, quizás aún durante años les podría ofrecer mi intensa mirada, mis tiernas manos y mis sabrosos besos. Pero debe uno aceptar que llega el momento de despedirse de todo esto. Llegada la ocasión, la despedida, que hoy todavía puedo aceptar voluntariamente, se produce en medio de la derrota y la desesperación. Así que la renuncia, que hoy es un triunfo, mañana sería sólo vergüenza. Por todo esto, debo renunciar hoy: es hoy cuando debo despedirme de todo ello.
Mucho he aprendido hoy y mucho me queda todavía por aprender. Debo aprender de esa niña que, con su silenciosa danza, nos ha cautivado. Al ver a una pareja enamorada en el crepúsculo, ha florecido en ella el amor. Una ola prematura, un presentimiento del placer, inquietante y hermoso a la vez, ha recorrido sus venas y, como todavía no puede amar, se ha puesto a danzar. Así pues, también yo debo aprender a danzar; debo cambiar la ávida búsqueda del placer por la música, la sensualidad por la plegaria. Sólo así seré siempre capaz de amar; no tendré por qué revivir inútilmente el pasado. Es éste el camino que quiero seguir.
Herman Hesse
Recopilación de frases célebre, parte 1
Mahatma Gandhi
"El amor es todo aquello que dura el tiempo exacto para que sea inolvidable".
Gabriel García Márquez
"Puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para una persona tú eres el mundo".
Gustavo Adolfo Becquer
"Cuando el tiempo pase y tu me olvides, silencioso vivirás en mí; porque en la penumbra de mis pensamientos, todos los recuerdos me hablarán de tí".
Federico García Lorca (1898-1936)
El poeta pide a su amor que le escriba
Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.
Federico García Lorca
Frases célebres de Albert Einstein en video
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Miguel de Unamuno
Relato
Y vio de pronto nuestro hombre venir una mujer despavorida, como un pájaro herido, tropezando a cada paso, con los grandes ojos preñados de espanto que parecían mirar al vacío y con los brazos extendidos. Se detenía, miraba a todas partes aterrada, como un náufrago en medio del océano, daba unos pasos y se volvía, tornaba a andar, desorientada de seguro. Y llorando exclamaba:
-¡Mi padre, que se muere mi padre!
De pronto se detuvo junto al hombre, le miró de una manera misteriosa, como quien por primera vez mira, y sacando el pañuelo le preguntó:
-¿Lleva usted bastón?
-¿Pues no lo ve usted? -dijo el mostrándoselo.
-¡Ah! Es cierto.
-¿Es usted acaso ciega?
-No, no lo soy. Ahora, por desgracia. Déme el bastón.
Y diciendo esto empezó a vendarse los ojos con el pañuelo.
Cuando hubo acabado de vendarse repitió: –Déme el bastón, por Dios, el bastón, el lazarillo.
Y al decirlo le tocaba. El hombre la detuvo por un brazo.
-Pero ¿qué es lo que va usted a hacer, buena mujer? ¿Qué le pasa?
-Déjeme, que se muere mi padre.
-Pero, ¿dónde va usted así?
-Déjeme, déjeme, por Santa Lucía bendita, déjeme, me estorba la vista, no veo mi camino con ella.
-Debe de ser loca -dijo el hombre por lo bajo a otro a quien había detenido lo extraño de la escena.
Y ella, que lo oyó:
-No, no estoy loca; pero lo estaré si esto sigue; déjeme, que se muere.
-Es la ciega -dijo una mujer que llegaba.
-¿La ciega-replicó el hombre del bastón? Entonces, ¿para qué se venda los ojos?
-Para volver a serlo -exclamó ella.
Y tanteando con el bastón el suelo, las paredes de las casas, febril y ansiosa, parecía buscar en el mar de las tinieblas una tabla de que asirse, un resto cualquiera del barco en que había hasta entonces navegado.
De pronto dio una voz, una voz de alivio, y como una paloma que elevándose en los aires revolotea un momento buscando oriente y luego como una flecha, partió resuelta, tanteando con su bastón el suelo, la mujer vendada.
Quedáronse en la calle los espectadores de semejante escena, comentándola.
La pobre mujer había nacido ciega, y en las tinieblas nutrió de dulce alegría su espíritu y de amores su corazón. Y ciega creció.
Su tacto era, aun entre los ciegas, maravilloso, y era maravillosa la seguridad con que recorría la ciudad toda sin más lazarillo que su palo. Era frecuente que alguno que la conocía le dijese: «Dígame, María, ¿en qué calle estamos?» Y ella respondía sin equivocarse jamás.
Así, ciega, encontró quien de ella se prendase y para mujer la tomara, y se casó ciega, abrazando a su hombre con abrazos que eran una contemplación. Lo único que sentía era tener que separarse de su anciano padre; pero casi todos los días, bastón en mano, iba a tocarle y a oírle y acariciarle. Y si por acaso le acompañaba su marido, rehusaba su brazo diciéndole con dulzura: «No necesito tus ojos».
Por entonces se presentó, rodeado de prestigiosa aureola, cierto doctor especialista, que después de reconocer a la ciega, a la que había visto en la calle, aseguró que le daría la vista. Se difirió la operación hasta que hubiese dado a luz y se hubiese repuesto del parto.
Y un día, más de terrible expectación que de júbilo para la pobre ciega, se obró el portento.
El doctor y sus compañeros tomaban notas de aquel caso curiosísimo recogían con ansia datos para la ciencia psicológica asaeteándola a preguntas. Ella no hacía más que palpar los objetos, aturdida, y llevárselos a los ojos y sufrir, sufrir una extraña opresión de espíritu, un torrente de punzadas, la lenta invasión de un nuevo mundo en sus tinieblas.
-¡Oh! ¿Eras tú? -exclamó al oír junto a sí la voz de su marido.
-Y abrazándole y llorando, cerró los ojos para apoyar en la de él su mejilla,
y cuando la llevaron al niño y lo tomó en brazos, creyeron que se volvía loca. Ni una voz ni un gesto; una palidez mortal tan solo. Frotó luego las tiernas carnecitas del niño contra sus cerrados ojos y quedó postrada, rendida, sin querer ver más.
-¿Cuándo podré ir a ver a mi padre?-preguntó.
!Oh! No, todavía no -dijo el doctor. No es prudente que usted salga hasta haberse familiarizado algo con el mundo visual.
Y al día siguiente, precisamente al día siguiente de la portentosa cura, cuando empezaba María a gozar de una nueva infancia y a bañarse en la verdura de un nuevo mundo, vino un mensajero torpe, torpísimo, y con los peores rodeos le dijo que su padre, baldado desde hacía algún tiempo, se estaba muriendo de un nuevo ataque.
El golpe fue espantoso. La luz le quemaba el alma y las tinieblas no le bastaban ya. Se puso como loca, se fue a su cuarto, cogió su crucifijo, cerró los ojos y palpándolo, rompió a llorar exclamando:
-Mi vista, mi vista por su vida. -Para qué la quiero-
Y levantándose de pronto, se lanzó a la calle. Iba a ver a su padre, a verle por primera y por última vez acaso.
Entonces fue cuando la encontró el hombre del bastón, perdida en un mundo extraño, sin estrellas porque guiarse como en sus años de noche se había guiado, casi loca. Y entonces fue cuando, una vez vendados sus ojos, volvió a su mundo, a sus familiares tinieblas, y partió segura, como paloma que a su nido vuelve a ver a su padre.
Cuando entró en el paterno hogar, se fue derecha, sin bastón, a través de corredores, hasta la estancia en que yacía su padre moribundo, y echándose a sus pies le rodeó el cuello con sus brazos, le palpó todo, le contempló con sus manos y sólo pudo articular entre sollozos desgarradores:
-¡Padre, padre, padre!
El pobre anciano, atontado, sin conocimiento casi, miraba con estupor aquella venda y trató de quitársela.
-No, no, no me la quites... no quiero verte; ¡padre, mi padre, el mío, el mío!
-Pero hija, hija mía -murmuraba el anciano.
-¿Estás loca? –le dijo su hermano–. Quítatela, María, no hagas comedias, que la cosa va seria...
-¿Comedias? ¿Qué sabéis de eso vosotros?
-Pero ¿es que no quieres ver a tu padre? Por primera, por última vez acaso...
-Porque quiero verlo... pero a mi padre... al mío..., al que nutrió de besos mis tinieblas, porque quiero verle, no me quito de los ojos la venda...
Y le contemplaba ansiosa con sus manos cubriéndole de besos.
-Pero hija, hija mía -repetía como una máquina el viejo.
-Sea usted razonable -insinuó el sacerdote separándola-, sea usted razonable.
-Razonable ¿Razonable? Mi razón está en las tinieblas, en ellas veo.
-Et vita erat lux hominum... et lux in tenebris lucet... -murmuró el sacerdote como hablando consigo mismo.
Entonces se acercó a María su hermano, y de un golpe rápido le arrebató la venda. Todos se alarmaron entonces, porque la pobre mujer miró en torno de sí despavorida, como buscando algo a que asirse. Y luego de reponerse murmurando: ¡Qué brutos son los hombres!, cayó de hinojos ante su padre preguntando:
-¿Es éste?
-Sí, ése es -dijo el sacerdote señalándoselo-, ya no conoce.
-Tampoco yo conozco.
-Dios es misericordioso, hija mía; ha permitido que pueda usted ver a su padre antes de que se muera...
-Sí, cuando ya él no me conoce, por lo visto...
-La divina misericordia...
-Está en la oscuridad -concluyó María que, sentada sobre sus talones, pálida, con los brazos caldos, miraba al través de su padre, al vacío.
Levantándose al cabo, se acercó a su padre, y al tocarlo, retrocedió aterrada, exclamando:
-Frío, frío como la luz, muerto.
Y cayó al suelo presa de un síncope.
Cuando volvió en sí se abrazó al cadáver, y cubriéndole de besos, repetía:
-¡Padre, Padre! ¡No te he visto morir!
-Hay que cerrarle los ojos -dijo a María su hermano.
-Sí, sí, hay que cerrarle los ojos... que no vea ya... que no vea ya... ¡Padre, padre! Ya está en las tinieblas... en el reino de la misericordia...
-Ahora se basa en la luz del Señor -dijo el sacerdote.
-María -le dijo su hermano con voz trémula tocándole en un hombro-, eres madre, aquí te traen a tu niño, que olvidaste en casa al venirte; viene llorando...
-¡Ahl Sí. ¡Angelito! ¡Quiere pecho! ¡Que le traigan!
Y exclamó en seguida:
-¡La venda! ¡La venda ¡Tráeme pronto la venda, no quiero verle!
-Pero María...
-Si no me vendáis los ojos, no le doy de mamar.
-Sé razonable, María...
-Os he dicho ya que mi razón está en las tinieblas...
La vendaron, tomó al niño, lo palpó, se descubrió el pecho, y poniéndoselo a él, le apretaba contra su seno murmurando:
-¡Pobre padre! ¡Pobre padre!
Miguel de Unamuno
José Larralde
Si me ves
Si me ves...
Si me ves cansado fuera del sendero,
ya casi sin fuerzas para hacer camino
si me ves sintiendo que la vida es dura,
porque ya no puedo, porque ya no sigo,
ven a recordarme cómo es un comienzo,
ven a desafiarme con tu desafío.
Muéveme en el alma, vuélveme al impulso,
llévame a mí mismo.
Yo sabré entonces encender mi lámpara
en el tiempo oscuro, entre el viento frío.
Volveré a ser fuego desde brasas quietas,
que alumbre y reviva
mi andar peregrino.
Vuelve a susurrarme aquella consigna
del primer paso para un principio.
Muéstrame la garra que se necesita
para levantarse desde lo caído.
Si me ves cansado fuera del sendero,
sin ver más espacios que el de los abismos,
trae a mi memoria que también hay puentes,
que también hay alas que no hemos visto.
Que vamos armados de fe y de bravura,
que seremos siempre lo que hemos creído.
Que somos guerreros de la vida plena,
y todo nos guía hacia nuestro sitio.
Que un primer paso, y que un nuevo empeño
nos lleva a la forma de no ser vencidos
Que el árbol se dobla, se agita, estremece,
deshoja y retoña, pero queda erguido.
Que el único trecho que da el adelante
es aquel que cubre nuestro pie extendido.
Si me ves cansado fuera del camino, solitario
y triste, quebrado, herido,
siéntate a mi lado, tómame las manos,
entra por mis ojos hasta mi escondrijo
y dime "¡se puede!" E insiste,
"¡se puede!"
Hasta que yo entienda que puedo lo mismo.
Que tu voz despierte, desde tu certeza,
al que de cansancio... se quedó dormido
Y, tal vez, si quieres, préstame tus brazos,
para incorporarme, nuevo y decidido
Que la unión es triunfo cuando hombro con
hombro vamos, y así
"¡se puede!", con el mismo brío.
Si me ves cansado fuera del sendero,
lleva mi mirada hacia tu camino.
Hazme ver las huellas, que allá están marcadas,
de un paso tras otro
por donde has venido.
Y vendrá contigo una madrugada,
la voz insistente para un nuevo inicio.
Que abriré otro rumbo porque si he creído,
que siempre se puede...
"¡Se puede, mi amigo!"
José Larralde
Poema de Mario Benedetti (1920/2009)
No te salves
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
solo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.
Táctica y estrategia
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé como ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
Mario Benedetti
María Elena Walsh
'LA EÑE'...
La culpa es de los gnomos, que nunca quisieron ser ñomos...
Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio... Todos evasores de la eñe...
Señoras, señores, compañeros, ¡amados niños!... ¡No nos dejemos arrebatar la eñe!...
Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y admiración... Ya nos redujeron hasta a l apócope... Ya nos han traducido el pochoclo (pop corn)...
Y como éramos pocos, la abuelita informática, ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe, con su gracioso peluquín, el ~...
Quieren decirme, ¿qué haremos con nuestros sueños?...
Entre la fauna en peligro de extinción, ¿figuran los ñandúes y los ñacurutuces?...
En los pagos de Añatuya, ¿como cantarán Añoranzas?... ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo?... ¿Qué será del Año Nuevo... El tiempo de ñaupa... Aquel tapado de armiño, y La ñata contra el vidrio?... ¿Y cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?...
'La ortografía también es gente', escribió Fernando Pessoa... Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones...
Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K... Otros , pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda; la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados, después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui...
A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, sólo porque la ñ da un poco de trabajo... Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta...
Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada, también por pereza y comodidad...
Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños... ¡Impronunciables nativos!... Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece...
Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo propio y compartido, porque así se nos canta...
No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César Bruto, compinche del maestro Oski.
Ninios, suenios, otonio... Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda, y vuelva a llamarse Hispania...
La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software...
Luchemos para no añadir más leña a la hoguera, donde se debate nuestro discriminado signo... Letra es sinónimo de carácter...
¡Avisémoslo al mundo entero por Internet!...
María Elena Walsh
Pablo Neruda (1904-1973)
La noche en la isla
Toda la noche he dormido contigo
junto al mar, en la isla.
Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,
entre el fuego y el agua.
Tal vez muy tarde
nuestros sueños se unieron
en lo alto o en el fondo,
arriba como ramas que un mismo viento mueve,
abajo como rojas raíces que se tocan.
Tal vez tu sueño
se separó del mío
y por el mar oscuro
me buscaba
como antes,
cuando aún no existías,
cuando sin divisarte
navegué por tu lado,
y tus ojos buscaban
lo que ahora
-pan, vino, amor y cólera-
te doy a manos llenas
porque tú eres la copa
que esperaba los dones de mi vida.
He dormido contigo
toda la noche mientras
la oscura tierra gira
con vivos y con muertos,
y al despertar de pronto
en medio de la sombra
mi brazo rodeaba tu cintura.
Ni la noche, ni el sueño
pudieron separarnos.
He dormido contigo
y al despertar tu boca
salida de tu sueño
me dio el sabor de tierra,
de agua marina, de algas,
del fondo de tu vida,
y recibí tu beso
mojado por la aurora
como si me llegara
del mar que nos rodea
¡Tecnología de punta al alcance de todos!
http://www.youtube.com/watch?v=iwPj0qgvfIs
Edgar Alan Poe
Crimen y Misterio - Cuento - 1843
¡Es verdad! Nervioso, muy, muy terriblemente nervioso yo
había sido y soy; ¿pero por qué dirán ustedes que soy loco?
La enfermedad había aguzado mis sentidos, no destruido,
no entorpecido.
Sobre todo estaba la penetrante capacidad de oír.
Yo oí todas las cosas en el cielo y en la tierra.
Yo oí muchas cosas en el infierno.
¿Cómo entonces soy yo loco? ¡Escuchen! y observen cuán
razonablemente, cuán serenamente, puedo contarles toda la
historia.
Es imposible decir cómo primero la idea entró en mi cerebro,
pero, una vez concebida, me acosó día y noche.
Objeto no había ninguno. Pasión no había ninguna.
Yo amé al viejo. El nunca me había hecho mal.
Él no me había insultado. De su oro no tuve ningún deseo.
¡Creo que fue su ojo! Sí, ¡fue eso! Uno de sus ojos parecía
como el de un buitre... un ojo azul pálido con una nube encima.
Cada vez que caía sobre mí, la sangre se me helaba, y
entonces, de a poco, muy gradualmente, me decidí a tomar la
vida del viejo, y así librarme del ojo para siempre.
Ahora, este es el punto. Ustedes me imaginan loco. Los locos
no saben nada. Pero ustedes deberían haberme visto.
Ustedes deberían haber visto cuán sabiamente yo procedí,
¡con qué cuidado! ¡Con qué previsión, con qué disimulo,
yo me puse a trabajar!
Nunca fui más amable con el viejo que durante toda la semana
antes de matarlo.
Y cada noche, cerca de la medianoche, yo giraba el picaporte
de su puerta y lo abría, ¡oh, tan suavemente!
Y entonces, cuando había hecho una apertura suficiente para
mi cabeza, ponía una oscura linterna sorda todo cerrada,
cerrada para que ninguna luz saliera, y entonces metía mi
cabeza.
¡Oh, ustedes habrían reído al ver cuan hábilmente la metía!
La movía lentamente, muy, muy lentamente, para no perturbar
el sueño del viejo.
Me tomó una hora poner mi cabeza entera dentro de la apertura
hasta poder ver como él yacía sobre su cama.
¡Ja! ¿habría sido un loco tan inteligente como para
hacer esto?
Y entonces, cuando mi cabeza estaba bien dentro del cuarto
abrí la linterna cuidadosamente.
Oh, tan cuidadosamente, cuidadosamente (ya que los goznes
crujían), la abrí apenas tanto como para que un único
rayo delgado cayera sobre el ojo de buitre.
Y esto lo hice durante siete largas noches, cada noche
sólo a la medianoche, pero encontraba el ojo siempre cerrado,
y así era imposible hacer el trabajo, porque no era el viejo
quien me vejaba sino su Ojo Perverso.
Y todas las mañanas, cuando el día irrumpía, iba con audacia
a su cuarto y le hablaba valientemente, llamándolo por su
nombre en un tono cordial, y averiguando cómo había pasado
la noche.
Entonces pueden ver que tendría que haber sido un viejo
muy profundo, en verdad, para sospechar que cada noche,
cerca de las doce, yo lo observaba mientras dormía.
Hacia la octava noche fui más precavido que lo común en
abrir la puerta.
El minutero de un reloj se mueve con más rapidez que mi
propia mano. Nunca antes de esa noche había yo sentido
el alcance de mis propias facultades, de mi sagacidad.
Apenas podía contener mis sentimientos de triunfo.
Pensar que allí estaba yo, abriendo la puerta poco a poco,
y él ni siquiera soñaba con mis actos o pensamientos secretos.
Yo casi reí con la idea, y quizás él me oyó, ya que de
repente se movió en la cama como alarmado.
Ahora ustedes pueden pensar que di marcha atrás, pero no.
Su cuarto era tan negro como la brea con la pesada oscuridad
(las persianas estaban bien cerradas por el miedo a
los ladrones), y por eso sabía que él no podía ver que
la puerta se abría, y seguí empujándola constantemente,
constantemente.
Entré mi cabeza, y estaba por abrir la linterna, cuando
mi pulgar se resbaló sobre la lata que la cerraba, y el viejo
saltó en la cama, gritando: "¿Quién anda ahí?"
Me quedé muy quieto y no dije nada.
Durante una hora entera no moví ni un músculo, y mientras
tanto no lo oí acostarse. Todavía estaba sentado en la cama,
escuchando, al igual que yo lo he hecho noche tras noche,
escuchando los relojes de la muerte en la pared.
En un momento, oí un suave gemido, y supe que era el gemido
del terror mortal. No era un gemido de dolor o de pena.
¡Oh, no! Era el sonido sofocado que se levanta desde el fondo
del alma cuando ésta se sobrecarga de temor.
Yo conocía bien el sonido. Hace algunas noches, justo a
medianoche, cuando todo el mundo dormía, ha brotado de
mi propio pecho, profundizando, con su tremendo eco,
los terrores que me enloquecían.
Digo que lo conocía bien.
Yo sabía lo que el viejo sentía, y lo compadecí aunque
en mi corazón riera. Sabía que él había estado despierto
desde el primer ruido débil cuando se había vuelto en la cama.
Sus temores habían estado creciendo en él desde entonces.
Había tratado de imaginarlos sin causa, pero no podía.
Se había estado diciendo a sí mismo: "No es nada, es el
viento en la chimenea, es sólo un ratón corriendo en el piso"
o, "es un grillo que ha cantado sólo una vez".
Sí, se había tratado de confortar a sí mismo con estas
suposiciones; pero fue todo en vano.
Todo en vano, porque la Muerte aproximándose a él,
lo había acechado con su sombra negra y había envuelto a
la víctima.
Y era la influencia fúnebre de la sombra no percibida
lo que le hizo sentir, aunque no veía ni oía,
sentir la presencia de mi cabeza dentro del cuarto.
Cuando hube esperado un largo tiempo muy pacientemente
sin oír que se recostara, resolví abrir un poco, una muy,
muy pequeña rendija en la linterna.
Así la abría, ustedes no pueden imaginar qué tan
sigilosamente, sigilosamente... hasta que al fin un único
rayo tenue como el hilo de una araña se disparó desde la
rendija y cayó sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, bien, bien abierto, y me puse furioso al
observarlo. Lo vi con perfecta precisión: todo un azul
sombrío, con un horrendo velo encima que heló la misma
médula de mis huesos, pero no pude ver nada más de la
persona o cara del viejo, ya que había dirigido el rayo
como por instinto precisamente sobre el punto maldito.
¿Y ahora, no les he dicho que lo que ustedes confunden
con locura no es sino la hiperestesia de los sentidos?
Ahora, digo, vino a mis oídos un sonido apagado, sordo,
penetrante, así como el de un reloj envuelto en algodón.
Reconocí ese sonido también. Era el golpeteo del corazón
del viejo.
Aumentó mi furia como el golpeteo de un tambor estimula
al soldado en el coraje.
Pero aún así me contuve y me quedé quieto. Apenas respiraba.
Sostuve la linterna inmóvil. Traté de mantener lo más
firmemente que pude el rayo sobre el ojo.
Mientras tanto, el compás infernal del corazón aumentó.
Creció más rápido y más rápido, y más fuerte y más fuerte,
cada instante.
¡El terror del viejo debe haber sido extremo!
Se hizo más fuerte, digo, más fuerte cada momento!
¿Me entienden bien? Les he contado que soy nervioso:
y sí lo soy.
Y entonces a la hora muerta de la noche, en el silencio
terrible de esa casa vieja, un ruido tan extraño como ése
me excitó a un terror incontrolable. Pero aún así, por
algunos minutos más me contuve y me quedé quieto.
Pero el golpeteo se hizo más fuerte, ¡más fuerte!
Pensé que el corazón iba a estallar.
Y ahora una inquietud nueva se apoderó de mí.
¡El sonido sería oído por un vecino!
¡La hora del viejo había llegado!
Con un gran alarido, abrí la linterna y salté dentro
del cuarto.
Él gritó una vez... solamente una vez.
En un instante lo arrastré al piso, y tiré la pesada cama
sobre él. Entonces sonreí alegremente, al ver el acto
tan bien hecho.
Pero por muchos minutos el corazón siguió latiendo con un
sonido ahogado.
Esto, sin embargo, no me molestó; no podría oírse a
través de la pared.
En algún momento cesó.
El viejo estaba muerto.
Saqué la cama y examiné el cadáver.
Sí, él estaba muerto, bien muerto como una piedra.
Puse mi mano sobre el corazón y la mantuve allí varios
minutos. No había pulsación. Bien muerto como una piedra.
Su ojo ya no me molestaría más.
Si todavía me creen loco, ya no lo pensarán cuando describa
las precauciones sabias que tomé para el ocultamiento
del cuerpo.
La noche pasaba, y trabajé rápidamente, pero en silencio.
Lo primero que hice fue desmembrar el cadáver.
Corté la cabeza. Después, los brazos. Después, las piernas.
Levanté tres de las tablas del piso del cuarto, y deposité
todo entre las maderas.
Luego reemplacé las placas tan hábilmente tan hábilmente,
que ninguno ojo humano -ni siquiera el suyo- podría haber
detectado algo fuera de lugar.
No había nada para lavar; ninguna mancha de ningún tipo,
ni un rastro de sangre.
Había sido demasiado cuidadoso para que eso ocurriera.
Cuando había llegado al fin de estas labores, eran
las cuatro en punto, aún oscuro como a medianoche.
Cuando la campanada señaló la hora, hubo un golpe en la
puerta de calle.
Bajé para abrir con el corazón alegre, porque... ¿qué
había de temer yo ahora?
Entraron tres hombres, quienes se presentaron, con perfecta
suavidad, como oficiales de policía.
Un grito había sido oído por un vecino durante la noche;
la sospecha de algún crimen se había despertado, l
a información había llegado a la oficina de la policía,
y ellos (los oficiales) habían sido enviados para investigar
las propiedades.
Sonreí. Porque, ¿qué había yo de temer?
Les di la bienvenida a los caballeros.
El grito, dije, fue mío en un sueño.
El viejo, mencioné, había partido al campo.
Llevé a mis visitantes por toda la casa.
Los invité a que buscaran, que buscaran bien.
Los conduje, en un momento, a su habitación.
Les mostré sus tesoros, seguros, inalterados.
Con el entusiasmo de mi confianza, traje sillas al
cuarto, y les rogué que descansaran aquí de sus fatigas,
mientras yo mismo, con la osadía salvaje de mi triunfo
perfecto, coloqué mi propio asiento en el mismo lugar
sobre el que descansaba el cadáver de la víctima.
Los oficiales estaban satisfechos. Mi comportamiento
los había convencido. Yo estaba particularmente tranquilo.
Ellos se sentaron y, mientras yo contestaba animadamente,
charlaron de cosas familiares.
Pero, mientras tanto, sentí que me iba poniendo pálido y
deseé que se fueran.
La cabeza me dolía, y me imaginé un zumbido en mis oídos;
pero ellos aún estaban sentados, y aún charlaban.
El zumbido se hacía más claro: hablé desenfrenadamente
para conseguir librarme de lo que sentía: pero continuó
y ganó carácter definitivo hasta que, en un momento,
descubrí que el ruido NO estaba dentro de mis oídos.
Sin duda que ahora me puse muy pálido; pero hablé más
fluidamente, y en voz más alta.
Sin embargo el sonido aumentó, ¿y qué podía hacer?
Era un sonido apagado, sordo, penetrante, muy parecido al
que hace un reloj envuelto en algodón.
Me costaba respirar y, sin embargo, los oficiales no
lo oían. Hablé más rápido, más vehementemente, pero el
ruido constantemente aumentaba.
Me levanté y argumenté sobre tonterías, en un tono alto
y con gesticulaciones violentas; pero el ruido
constantemente aumentaba.
¿Por qué no se iban ellos?
Recorrí el piso de aquí para allá con pasos pesados,
como si me excitaran a la furia las observaciones de
los hombres, pero el ruido constantemente aumentaba.
¡Oh Dios! ¿qué podía yo hacer?
¡Lancé espuma, enloquecí, maldije!
Movía la silla en la que había estado sentado, y la hacía
rechinar sobre las tablas, pero el ruido se levantaba
sobre todo y continuamente aumentaba.
Se hizo más fuerte, más fuerte, ¡más fuerte!
Y todavía los hombres charlaban gratamente, y sonreían.
¿Era posible que no lo oyeran?
¡Dios Todopoderoso! ¿Nada, nada? ¡Ellos oían!
¡Ellos sospechaban! ¡Ellos SABÍAN!
¡Ellos se estaban burlando de mi horror! Esto pensé, y esto
pienso. ¡Pero cualquier cosa era mejor que esta agonía!
¡Cualquier cosa era más tolerable que este desprecio!
¡Ya no podía soportar más esas sonrisas hipócritas!
¡Sentí que debía gritar o morir! Y ahora...otra vez...
¡Escuchen! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!
¡MÁS FUERTE!
-¡Villanos! -grité-. ¡No disimulen más! ¡Admito el acto!
¡Arranquen las tablas! ¡Aquí, aquí!
¡Es el latir de su horrible corazón!
Extractado de grupobuho
Los tres hermanos
Cuento Samurai
Un viejo guerrero Samurai, que en su juventud logró sobrevivir a los embates de diversas guerras entre señoríos, presintió que sus días en este plano de vida se terminarían, y decidió dar lo poco que tenía a sus tres únicos hijos, los cuales también eran samurais, pero de un nivel de pelea muy básico.
Como él presentía que su destino con el TAN TIEN se acercaba decidió que no sería posible enseñar Kenjutsu por completo a sus tres hijos y esto lo puso muy triste pues sin duda después de su partida ellos serían presa fácil de otros guerreros de mayor nivel.
Mientras se preparaba espiritualmente en meditación para su partida, le llegó una visión y una forma de dar el último legado a sus jóvenes hijos.
Mientras hacia un recuento de las posesiones en armas que tenía y al observar las flechas que había forjado años antes como regalo para sus hijos, (las flechas tienen una simbología muy particular para los japoneses pues denotan el vehículo con que se trasladan los deseos y las metas, y su objetivo es no regresar del lugar donde salieron) así comparó los deseos que dejaría como último legado para sus tres hijos.
Días más tarde convocó a los tres para dar sus bendiciones y para heredarles lo que les correspondiese a cada uno y durante ese momento dijo: "Sé que ustedes seguirán mis pasos como guerreros y sé que aún son muy jóvenes e inmaduros en las artes del sable, no obstante que sus técnicas son complementarias y que solo les enseñe a atacar y no a defender, les tengo una herencia más por darles. Sepan que en estas flechas está el secreto para que ustedes puedan ser invencibles a pesar de que solo saben técnicas de ataque”.
Los tres muchachos se quedaron sorprendidos, se miraban entre sí, pues no sabían como tres flechas habrían de hacerlos invencibles. El anciano se sonrió y les entregó una flecha a cada uno de ellos. Los chicos las miraron y quedaron más confusos pues las flechas no parecían tener alguna cualidad superior y uno de ellos dijo: "Padre gracias por tu regalo y por entregarnos estas flechas, pero dime ¿Cómo es que esta simple flecha me va a hacer invencible?”.
El anciano le dijo: "Si decides romper esta flecha con tus propias manos, seguramente lo lograrás sin ningún tipo de problema; pero si juntas las tres te será parcialmente imposible romperlas, júntalas de una sola vez e intenta romperlas tan solo con tus manos”.
El chico comprobó que su padre tenía razón pues a pesar de que eran simples flechas, estaban hechas de maderas duras y al juntar las tres no se podían romper.
El anciano sonrío de nuevo al ver que ninguno de los tres pudo romper el grupo de flechas y continúo diciéndoles: "Así como el estilo de estas tres flechas es el de solamente atacar su objetivo, el de ustedes es igual, pero pongan atención pues esta es la herencia más importante que les dejaré. Las flechas son indestructibles si se juntan, pero si se deja una sola cualquiera podrá romperla, estas flechas representan a sus cualidades y a sus personalidades de combate, de igual manera, para que ustedes sean invencibles, siempre deberán pelear juntos y atacando de una manera definitiva y sin titubear, pues el día que decidan pelear solos será el último: rota una de las flechas las otras son mas fáciles de romper. Esta es la manera de que los tres sean invencibles a pesar de que solo saben ataques y no defensas”.
Desde entonces ninguno de los tres hermanos se atrevió a pelear solo y desde ese momento juntos fueron invencibles.
Vergüenza
Gabriela Mistral (1889-1957)
Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba a que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.
Tengo vergüenza de mi boca triste
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.
Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.
Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolación que hay en mi mano...
Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
la que besaste llevará hermosura!
Árbol de mi alma (Fragmento)
José Martí (1853-1895)
Como un ave que cruza el aire claro,
siento hacia mi venir tu pensamiento
y acá en mi corazón hacer su nido.
Ábrase el alma en flor; tiemblan sus ramas
como los labios frescos de un mancebo
en su primer abrazo a la hermosura;
cuchichean las hojas; tal parecen
lenguaraces obreras y envidiosas,
a la doncella de casa rica
en preparar el tálamo ocupadas.
Ancho es mi corazón, y es todo tuyo.
Todo lo triste cabe en él, y todo
cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!
De hojas secas, y polvo, derruidas
ramas; lo limpio; bruño con cuidado
cada hoja, y en los tallos; de las flores
los gusanos y el pétalo comido
separo; creo el césped en contorno
y a recibirte, oh pájaro sin mancha,
apresto el corazón enajenado!
El valor de la coma
Julio Cortázar escribía: " La coma, esa puerta giratoria del pensamiento "
Lea y analice la siguiente frase:
"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda".
Si usted es mujer, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra mujer .
Si usted es varón, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra tiene .
Frases ingeniosas de Jorge Luis Borges
Durante la dictadura militar alguien le comenta a Borges que el general Galtieri, presidente de la República en ese momento, ha confesado que una de sus mayores ambiciones es seguir el camino de Perón y parecerse a él.
–¡Caramba! –interrumpe Borges–. Es imposible imaginarse una aspiración más modesta".
Borges firma ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acerca con Ficciones y le dice: "Maestro, usted es inmortal".
Borges le contesta: "Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista".
Roma, 1981. Conferencia de prensa en un hotel de la Vía Veneto.
Además de periodistas, están presentes Bernardo Bertolucci y
Franco María Ricci. Borges, inspirado, destila ingenio. Llega la última pregunta. "¿A qué atribuye que todavía no le hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura?"
- "A la sabiduría sueca".
En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en aprietos a Jorge Luis Borges. Como no lo lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: "¿En su país todavía hay caníbales?"
"Ya no -contestó-, nos los comimos a todos”.
En plena Guerra de las Malvinas, opinó que " la Argentina e Inglaterra parecen dos pelados peleándose por un peine" y que "las islas habría que regalárselas a Bolivia para que tenga salida al mar".
Sobre la situación de la literatura argentina, Córdoba Iturburu, que la presidía, inquirió a los gritos: "¿Y qué vamos a hacer por nuestros jóvenes poetas?" Desde el fondo llegó otro grito, éste de Borges: "¡Disuadirlos!"
En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar Hermes Villordo acompañó a Borges al baño, situado en un primer piso al que se llegaba por una empinada escalera de madera. Cuando volvían, Villordo notó que Borges descendía los escalones demasiado rápido y, temiendo lo peor, le preguntó: "¿No deberíamos ir más despacio?" "Pero no soy yo - aclaró Borges -, es Newton".
Borges charla con Antonio Carrizo, en un bar. Por la radio del local se anuncia un tango con letra de León Benarós, amigo de Borges. El locutor propone escucharlo y el escritor acepta.
Cuando el tango termina, Carrizo le pregunta qué le pareció. Borges mueve la cabeza y dictamina, muy preocupado: "Esto le pasa a Benarós por juntarse con peronistas".
El poeta Eduardo González Lanuza, uno de los introductores del ultraísmo en la Argentina y gran amigo de Borges, descubre a éste en Florida y Corrientes, solo, con su bastón, esperando para poder cruzar. Lo toca y le dice: "Borges, soy González Lanuza".
El vuelve la cabeza y, después de unos segundos, contesta: "Es probable".
En Maipú y Tucumán, un grupo de adictos a Isabel Perón descubre a Borges y lo sigue unos metros, insultándolo. Al ingresar en su casa, un periodista le pregunta cómo se siente. "Medio desorientado - manifiesta -. Se me acercó una mujer vociferando: ¡Inculto! ¡Ignorante!"
Un joven poeta se acerca a Borges en la calle. Deja en manos del escritor su primer libro. Borges agradece y le pregunta cuál es el título. "Con la patria adentro", responde el joven. "Pero qué incomodidad, amigo, qué incomodidad".
El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los halagos de la gente: Ocurre en París, en un estudio de televisión.
-"¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo?", lo interrogan.
-"Es que este", evalúa Borges, "ha sido un siglo muy mediocre".
Una mañana de octubre de 1967, Borges está al frente de su clase de literatura inglesa. Un estudiante entra y lo interrumpe para anunciar la muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de las clases para rendirle un homenaje. Borges contesta que el homenaje seguramente puede esperar. Clima tenso. El estudiante insiste: "Tiene que ser ahora y usted se va". Borges no se resigna y grita: "No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio". El estudiante amenaza con cortar la luz. "He tomado la precaución", retruca Borges, "de ser ciego esperando este momento".
A principios de la década de los setenta, el escritor y psicoanalista Germán García invita a la Argentina a Daniel Sibony, matemático y psicoanalista francés. Sibony quiere conocer a Borges.
Al encontrarse, el francés le pregunta en qué idioma desea hablar.
"Hablemos en francés", propone Borges, y justifica: "Dicen que la lengua francesa es tan perfecta que no necesita escritores.
A la inversa, dicen que el castellano es una lengua que se desespera de su propia debilidad y necesita producir cada tanto un Góngora, un Quevedo, un Cervantes".
Una revista de actualidad reúne a Borges con el director técnico César Luis Menotti. "Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo", comenta Borges más tarde.
En 1983, un periodista de La Nación pide a Borges su opinión sobre la Guerra de Malvinas. "Absurda", define Borges. "Estoy triste, muy triste. Mandaron a esos pobres muchachos de 20 años a morir al sur. Tener 20 años y pelear contra soldados veteranos es algo atroz, inconcebible. Solamente en el crucero General Belgrano murieron cientos. Claro que los militares dirán que al lado de los desaparecidos esa cifra no es nada, pero no creo que
les convenga ese argumento. No, no les va a convenir..."
El 10 de marzo de 1978, en la Feria del Libro, Borges se cruza con un escritor al que quiere y respeta: Manuel Mujica Lainez.
Se abrazan e inician una conversación que es interrumpida una y otra vez por los cazadores compulsivos de firmas. "A veces", se queja Borges, "pienso que cuando me muera mis libros más cotizados serán aquellos que no lleven mi autógrafo”.
En 1975, a los 99 años, muere Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor. En el velorio, una mujer da el pésame a Borges y comenta: "Peeero... pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito más...".
Borges le dice: "Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal".
Borges y un escritor joven debatiendo sobre literatura y otros temas. El escritor joven le dice: "Y bueno, en política no vamos a estar de acuerdo, maestro, porque yo soy peronista". Borges contestó: "¿Cómo que no? Yo también soy ciego".
Tomado de http://frasesinteresantes.blogspot.com/2007/09/frases-ingeniosas-de-jorge-luis-borges.html
El verano del cohete (Crónicas Marcianas)
Ray Bradbury
Relato
Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas
estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, los carámbanos bordeaban los techos, los niños esquiaban en las pendientes; las mujeres envueltas en abrigos de piel caminaban pesadamente por las calles heladas como grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire cálido, como si alguien hubiera dejado abierta la puerta del horno. El calor latió entre las casas y los arbustos y los niños. Los carámbanos cayeron, se quebraron y se fundieron. Las puertas se abrieron de par en par; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres guardaron en los armarios los disfraces de oso; la nieve se derritió, descubriendo los prados verdes y antiguos del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico cambió los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Los esquíes y los trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que caía sobre el pueblo desde los cielos helados, llegaba al suelo transformada en una lluvia tórrida.
El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches goteantes y observaba el cielo, cada vez más rojo.
El cohete, instalado en la plataforma de lanzamiento, soplaba rosadas nubes de fuego y calor de horno. El cohete se alzaba en la fría mañana de invierno, creaba verano con cada aliento de los poderosos escapes. El cohete transformaba los climas, y durante unos instantes fue verano en la Tierra...
"INSTANTES"
Poema adjudicado a Jorge Luis Borges.
Si desea conseguir mayor información,
encontrará un enlace al pie.
Si pudiera vivir nuevamente mi vida...
En la próxima cometería más errores.
No intentaría ser tan perfecto,
me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho, tomaría
muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico, correría más riesgos.
Haría más viajes, contemplaría más atardeceres.
Subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido.
Comería más helados y menos habas.
Tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui de esas personas que vivió sensata y
prolíficamente cada minuto de su vida.
Claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás
trataría de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo momentos; no te pierdas el ahora.
Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte
sin un termómetro, una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas.
Si pudiera volver a vivir comenzaría
a andar descalzo a principios de la primavera
y seguiría así hasta concluir el otoño,
daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres y jugaría
con más niños.
Si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años
y sé que me estoy muriendo.
Ivan Almeida: "Jorge Luis Borges,
autor del poema "Instantes"
Borges Studies on Line.
On line. J. L. Borges Center for Studies & Documentation.
http://www.hum.au.dk/romansk/borges/bsol/iainst.htm
Reyes Magos
Héctor Gagliardi
-¡Si vos no te portás bien,
le digo a los Reyes Magos
que te dejen sin regalo
y te quedas sin el tren!...
Es que mi vieja, también,
un poco se aprovechaba...
porque esa noche llegaban
los tres Reyes de Belén.
La carta la había mandado
sin faltas de ortografía,
así los reyes veían
que era un chico aplicado.
Hice todos los mandados,
me lave hasta las orejas,
porque ese día mi vieja
me tenía acorralado.
La luna hacia brillar
el lustre de mis zapatos...
y si ellos fueran chicatos
¿quien les podía avisar?
Por eso al irme a acostar,
puse la almohada a los pies
y me acosté del revés
para poder vigilar...
¡Cuando más lo precisaba
me vengo a quedar dormido!
Me desperté a los maullidos
del gato de la encargada...
Ya entraba la madrugada
de un radiante seis de enero,
y un trencito, el más diquero,
del umbral me saludaba...
Lo habían dejado de frente
ya listo para marchar...
con él me iba a despertar
a mi madre alegremente
¡Que alegría que uno siente!
-explicarlo yo no puedo-
¡unas ganas de ser bueno,
de ser bueno hasta la muerte!
Al que dejaron sin nada
fue al hijo de la de al lado...
¡Como se habrían olvidado!
Siempre “muy bueno" sacaba...
Con nosotros no jugaba
porque en seguida tosía,
y los reyes no sabían
que el padre no trabajaba...
Yo comprendí su dolor
cuando me vio con el tren:
se acercó a mirarlo bien
y después lo acarició...
A mi me daba calor
de que me viera jugar
y en casa lo invité a entrar
y él también se divirtió…
Cuántos Reyes han pasado
por la puerta de mi vida.
Y a mi alma dolorida
cuantas veces la he dejado
como un zapato gastado.
esperando a su Melchor
que le dejara el amor
para un mundo envenenado…
Esta noche por los cielos
llegarán los Reyes Magos;
vendrán trayendo regalos
a los chicos que son buenos,
pero hay otros pibes buenos
en otro lado de la tierra,
que por culpa de una guerra…
¡no han de pasar los camellos!
Señor: yo aprendí a rezar
arrodillado con mi vieja;
si nunca te fui con quejas
hoy me tenés que escuchar:
¿Por qué tienen que pagar
esos pibes inocentes,
de que en el mundo haya gente
que sólo piensa en matar?
Ellos ¿qué saben de guerras?...
¡ellos quieren Reyes Magos!
¡y ellos, en vez de regalos
tienen un miedo que aterra!
Si vos pararas la guerra,
pasarían los camellos.
¡Yo te lo pido por ellos!
¡Por los pibes de mi tierra!
Un año nuevo
Pancho Aquino
Dicen que cuando se acerca fin de año, los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra. -¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado.
-Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad... -contesta el ángel más viejo. Y bueno, todas esas son cosas muy importantes. Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo.
-¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? -dice el más joven y entusiasta de los ángeles.
-¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? -pregunta el anciano.
Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente mañana, tarde y noche, hasta los últimos minutos del último día del año.
Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada.
Entonces, luminosa y clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía: "Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor: sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres. Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños, jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el calor del amor, el calor que tanta falta nos hace. Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad".
Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles cómplices sonreían satisfechos...
Del libro: "Cuentos para Niños de 8 a 108 II" - Pancho Aquino.
Julio Cortázar
Instrucciones para subir una escalera
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso. Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación.
Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie.
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.
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Profesora Correctora Hilda Elina Lucci
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