La prosa contemporánea en Latinoamérica
La prosa no experimenta, al menos a principios de siglo, transformaciones
tan tajantes como la poesía. Se siguen cultivando el relato modernista,
más o menos subjetivo y preciosista, y la novela realista y naturalista
de finales de la centuria anterior.
Más tarde –por influencia de franceses
e ingleses– aparece
el relato psicológico y, tras él, se vuelve al Naturalismo;
pero, de tal género, que el autor se sitúa en la realidad de
la obra, se limita a narrar lo que ve como espectador, y abandona la posición
omnisciente propia de la novelística anterior.
Gran prócer de la literatura venezolana y de la novela americana es Rómulo Gallegos (1884-1969), político caraqueño que ocupa la presidencia de la República en 1948. Después de varias obras: Reinaldo Solar (1920) y La trepadora (1925), se revela como magnífico novelista en Doña Bárbara (1929), de fama internacional. Situada en el marco salvaje y grandioso de la sabana venezolana, admirablemente descrita, relata la vida, áspera y brutal, en una hacienda; la domina la protagonista, apasionada mujer de arrojo varonil. Más poética y menos novelesca, Cantaclaro (1934) narra la historia de un cantor de los llanos, en la que adquieren importancia los elementos costumbristas y folklóricos. En Canaima (1935), nombre del demonio maléfico de la selva, presenta a un hombre que deja la ciudad por la selva, y a su hijo, que vuelve a la civilización; en esta novela el autor se muestra más preocupado por los problemas de su patria que por la técnica novelística. Relatos posteriores de Gallegos son Pobre Negro (1937), Sobre la misma tierra (1943) y La brizna de paja en el viento (1952).
Al colombiano José E. Rivera (1889-1928) se debe una impresionante novela titulada La vorágine (1924). Es la historia de un joven poeta, Arturo Cova, que huye con Alicia, a la que ha seducido, pero a quien no ama. Con el tiempo se enamora de ella. Abundan las vigorosas descripciones de las espesas selvas, las costumbres de los indios y las infrahumanas condiciones de vida de los extractores de caucho; junto a ellas, tiene intenso valor la plasmación de la personalidad del protagonista, cuya sicología se expresa a través de las memorias del propio Arturo Cova, halladas y publicadas por Rivera . La prosa, llena de metáforas y personificaciones, está pletórica de fuerza.
Eduardo Barrios (1884-1950), chileno, surge como maestro de la novela psicológica en El niño que enloqueció de amor (1915), Un perdido (1917) y El hermano asno (1922). Su obra maestra, Gran señor y rajadiablos (1948), refiere la existencia de una especie de señor feudal, soberbio, católico y temible, y, de paso, describe la vida en el campo chileno, las costumbres locales y la historia política. Se denota una falta de trama que una los episodios; no obstante, tiene altos valores literarios, sobre todo en la prosa, rica y brillante. De Chile, también tenemos a José Donoso , uno de los principales exponentes del “boom" literario de Latinoamérica en la década del sesenta. Lejos de su Chile natal, desde el exilio, desarrolló su más celebrada y recordada obra novelística. Su primera novela, Coronación (1958), pintó la decadencia de la aristocracia criolla a través de una crítica que se repetiría en obras posteriores como Este domingo (1966), donde vuelve sobre el mismo tema. Fue una de las figuras centrales del auge literario latinoamericano, desempeñando un papel renovador en la literatura de su país, donde prevalecía la estética del criollismo. En 1972 escribió Historia personal del boom , donde narra las memorias y analiza el fenómeno de este grupo de escritores. Además de las obras citadas, publicó Veraneo y otros cuentos (1955), El charlestón (1960), Cuentos (1971) y Taratuta (1991).
A pesar de sus anteriores publicaciones, la fama del argentino Ricardo Güiraldes (1886-1927) se cimienta en una sola obra: Don Segundo Sombra (1926). Es el relato, en primera persona, de Fabio Cáceres, muchacho huérfano que se siente fascinado por la fuerza de carácter del conductor de reses don Segundo y aprende el oficio a su lado. Inesperadamente, Fabio sabe de su verdadera identidad, se hace rico y puede educarse, con lo que se salva la verosimilitud, ya que un campesino sin educación no podría escribir con la prosa de Güiraldes . Más que el argumento, lo que atrae son las magníficas descripciones de la vida en la pampa, los rodeos, la doma, los duelos y los retratos de los protagonistas, en especial de Don Segundo. El estilo es de gran lirismo y a él se suma lo expresivo del habla de los gauchos.
El también argentino Benito Lynch (1880-1951) goza de suma popularidad, gracias a novelas en las que se muestra excelente paisajista y hábil psicólogo. La acción de sus argumentos suele ser rápida y violenta. Sus principales títulos son Los caranchos de la Florida (1916) y El inglés de los güesos (1924). Escribe relatos breves y cuentos: Palo verde (1925), De los campos porteños (1931), etc.
En Uruguay , uno de los novelista más destacados
es Juan
Carlos Onetti (1909), de gran imaginación creadora en La vida
breve (1950) y El astillero (1961).
Verdadero cronista de su ciudad, Montevideo, y de su tiempo, el uruguayo Mario
Benedetti es un prolífero intelectual –aproximadamente 80 títulos
publicados– que transita la crítica literaria, el ensayo, la poesía
y, por supuesto, la narrativa. El autor de La Tregua , Gracias
por el fuego y Poemas de la Oficina fue nombrado recientemente Doctor
honoris causa por la Universidad de Alicante.
La primera obra publicada por Horacio Quiroga , uruguayo , fue su libro titulado Arrecifes de Coral, en 1901. Sin embargo, Horacio Quiroga deberá la inmortalidad literaria a sus cuentos, forma dentro de la cual es considerado uno de los más grandes creadores de la literatura hispanoamericana de todos los tiempos. Por tal razón, la etapa más brillante y decisiva de su carrera como escritor se inicia con su libro Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917). Esta obra es una colección de quince relatos en los que la tragedia –que también signó su vida– la enfermedad, las obsesiones, el vicio y la locura son los temas recurrentes.
En 1918 publica Cuentos de la Selva. Muchos han querido ver en ellos, enfoques que anticipan el ecologismo tan en boga por estos días. En ediciones posteriores, se suelen agregar a los ocho relatos originales, dos cuentos publicados años después por Quiroga : Anaconda (1921) y El Regreso de Anaconda (1926). También ha dejado el Decálogo del perfecto cuentista.
La obra de Eduardo Mallea, argentino , apunta en otra dirección, especialmente en su novela principal: Todo verdor perecerá (1941). En ella presenta la vida de una mujer y expresa la soledad de la existencia del ser humano en general, a través del análisis de la personalidad de la protagonista –con no pocas intervenciones del autor– tendencia que muestra en libros precedentes, algunos de los cuales son auténticos monólogos, como Historia de una pasión argentina (1935) y La ciudad junto al río inmóvil (1936). Posteriores a su libro más importante son: Los enemigos del alma (1950), Chaves (1953) y Simbad (1957).
Al guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), diplomático, poeta y dramaturgo, se lo conoce sobre todo por la prosa. A la primera etapa de su carrera literaria corresponden las Leyendas de Guatemala (1930), en que presenta el mundo de los mayas. El señor Presidente (1946) describe un país imaginario explotado por un dictador, con la amarga exhibición de las miserias del pueblo, deliberadamente exageradas. En las siguientes se aprecia cierta preocupación sociológica: Hombres de maíz (1949), sobre el enfrentamiento de los indios y los criollos; Viento fuerte (1950), acerca de la lucha entre los pequeños productores de bananas y una poderosa compañía frutera, tema que se repite, con algunas variantes, en El Papa verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1960). Con anterioridad a esta última narración, aparece una colección de cuentos de fondo político, Week-end en Guatemala (1956). Una de sus últimas novelas es Mulata de tal (1963).
Otro firme valor de la moderna novelística hispanoamericana es el cubano Alejo Carpentier (1904–1980). Viaja por varios países de Europa y América y le interesan, además de la literatura, la música y el folklore. Fruto de sus estudios en este campo, es el ensayo La música en Cuba (1946). Sus novelas se ambientan, por lo general, en las Antillas: Ecue-Yamba-O (1931) es una historia afrocubana; en El reino de este mundo (1949) describe la naturaleza antillana; Los pasos perdidos (1953) presentan el contraste entre la existencia moderna en las ciudades y la vida en el campo; El acoso (1958), de construcción complicada, resulta muy objetivo en las descripciones. Uno de sus escritos más importantes, El Siglo de las luces (1962), narra la historia de un comerciante antillano, Víctor Hugues, que implanta en la Guadalupe las ideas de libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa; alrededor de este personaje histórico se mueven otros, imaginarios, que componen un mundo bullicioso y colorista. La prosa de Carpentier brota en esta obra a borbotones, con un vocabulario prodigioso y audaces imágenes.
En México experimenta algún auge la novela de la Revolución, iniciada por Mariano Azuela , al que siguen José Rubén Romero (1890-1952), con Mi caballo, mi perro y mi rifle (1936) y La vida inútil de Pito Pérez (1938), y Martín Luis Guzmán (1887-1976), autor de Memoria de Pancho Villa (1940) y de las novelas El águila y la serpiente (1928) y La sombra del caudillo (1930).
Dos grandes escritores resultan especialmente interesantes, sobre todo por su difusión en Europa: Rulfo y Fuentes.
Juan Rulfo , aplica las nuevas técnicas, emanadas ante todo de William Faulkner, en Pedro Páramo (1955), relato de imágenes escalofriantes.
Carlos Fuentes (1929) es célebre por La muerte de Artemio Cruz (1962), que se basa en el juego entre tres pronombres: "yo", "tú" y "él", con los que el autor denota, respectivamente, el monólogo interior de Cruz, los dictados del subconsciente de éste y su vida en el pasado. Otras obras de Fuentes son Los días enmascarados (1954), colección de cuentos, y las novelas La región más transparente (1958) y Las buenas conciencias (1959).
Octavio Paz, reconocido poeta y ensayista mexicano y Premio Nobel de Literatura de 1990, ha sabido recoger distintas tradiciones e hilar variados intereses en una sola voz y una herencia plural. Célebres son sus obras El laberinto de la soledad (1950), retrato personal en el espejo de la sociedad mexicana; El arco y la lira (1956), su esfuerzo más riguroso por elaborar una poética; ¿Águila o sol? , libro de prosa de influencia surrealista; y Libertad bajo palabra. Este último, incluye el primero de sus poemas largos, Piedra de sol, una de las grandes construcciones de la modernidad hispanoamericana.
Guatemala , además de Miguel Ángel Asturias, cuenta con varios narradores, entre los que se destaca Rafael Arévalo Martínez (1884-1975), con cuentos y novelas fantásticos, en los que los personajes son animales inteligentes: El hombre que parecía un caballo (1914), El mundo de los maharachías (1938) y Viaje a Ipanda (1939).
El más importante novelista nicaragüense es Hernán Robleto (1892-1969), cuyas obras tienen base política. Sirva de ejemplo la titulada Sangre en el trópico. La novela de la intervención yanqui en Nicaragua (1930).
En Costa Rica, hay que citar a José Marín Cañas autor de Tú, la imposible: Memorias de un hombre triste (1931), que presenta novedades técnicas para su época, y El infierno verde (1935), sobre la guerra del Chaco.
Uno de los autores más distinguidos en El Salvador es Hugo Lindo (1917): poeta, cuentista y novelista.
En Cuba, tras Carpentier debe mencionarse a Lino Novás , realista al estilo de William Faulkner en La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1946).
Teresa de la Parra (1891-1936), venezolana , sorprende por la fineza del análisis psicológico y la prosa espontánea y fluida. Su mejor novela es Las memorias de Mamá Blanca (1929). También en Venezuela , Arturo Uslar Pietri (1906) se destaca por su excelente narración histórica Las lanzas coloradas (1931), sobre la Independencia. La realidad venezolana bajo la dictadura de Gómez aparece en las de Miguel Otero Silva, Fiebre (1939) y Casas muertas (1955).
En Colombia , realistas y naturalistas al estilo tradicional son José A. Osorio (1900-1964), autor de El hombre bajo la tierra (1944), y Eduardo Caballero Calderón , con El Cristo de espaldas (1952).
También en Colombia , Gabriel García Márquez es mundialmente reconocido por su uso de realismo mágico, un estilo literario que mezcla elementos fantásticos con narrativa realista; son relatos en parte fantásticos y maravillosos, y en parte tremendamente realistas, como La hojarasca (1955), Los funerales de mamá grande (1962) y, sobre todo, Cien años de soledad (1967), entre otros. Se le otorgó el Premio Nobel de Literatura en el año 1982, por sus novelas y relatos, en los cuales lo fantástico y lo real son combinados en una rica composición del mundo de la imaginación, reflejando así la vida de un continente y sus conflictos.
La fama internacional del ecuatoriano Jorge Icaza (1906-1978) procede de Huasipungo (1934), sobre la explotación del indio.
En el Perú , Ciro Alegría (1909 - 1967) escribe movido por el amor a los indios y los oprimidos. Su mejor novela se titula El mundo es ancho y ajeno (1941).
También ha alcanzado renombre Mario Vargas Llosa. Convertido ya en un clásico por la magnitud y la calidad de su obra, es uno de los escritores hispanoamericanos que de forma más consciente y decidida ha introducido en nuestro idioma los recursos de la vanguardia literaria del siglo XX, con La ciudad y los perros (1962), La tía Julia y el escribidor (1977), La guerra del fin del mundo (1981), El hablador (1987), y como ensayista ha publicado importantes trabajos como La orgía perpetua, Flaubert y “Madame Bovary” (1975), entre otros títulos.
De fantásticas pueden calificarse las mejores obras del chileno Pedro Prado (1886-1952) La reina de Rapa Nui (1914) y, sobre todo, Alsino (1920). Su compatriota, Jenaro Prieto (1889-1946) presenta en El socio (1928) el caso del personaje inventado por otro personaje.
Entre los escritores argentinos deben mencionarse a: Ernesto Sábato, que expone un proceso de locura en El túnel (1948); Adolfo Bioy Casares, que entra en la literatura fantástica e irreal con La invención de Morel (1940) y El sueño de los héroes (1954); Julio Cortázar, el más descollante, que siente preferencia por los argumentos fantásticos y monstruosos, como atestiguan Los reyes (1949), poema dramático en prosa, y los cuentos de Bestiario (1951) y Final del juego. Una de sus novelas más difundidas se llama Rayuela (1963).
Y, por supuesto, no se puede dejar de nombrar a Jorge Luis Borges (1899–1986) entre cuyas obras podemos destacar, en verso: Fervor de Buenos Aires y Luna de enfrente (1925); Cuaderno de San Martín (1929); entre sus ensayos: Historia de la eternidad (1936), Manual de zoología fantástica (1957); entre sus obras narrativas: Historia universal de la infamia ((1934), Ficciones (1945), galardonada con el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores); El Aleph (1949, que, reeditada y ampliada, obtuvo en 1957 el Premio Nacional de Prosa).
Este es un resumen muy apretado del advenimiento de la literatura latinoamericana. Aquí estamos hoy, nosotros, para continuar la obra.
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Profesora Correctora Hilda Elina Lucci
Corrige al sabio y te amará
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